A mediados de los años cuarenta del siglo XX, algunos sectores estadounidenses estaban preocupados por los comunistas. Decidieron perseguirlos. El adalid de la cruzada fue el senador Joseph McCarthy. La Nueva Inquisición con el nombre de Comité de Operaciones del Gobierno y la presidencia de McCarthy  inició la caza de brujas. La persecución alcanzó todos los campos de la vida social pero el más afectado, como es razonable, fue el mundo intelectual y artístico.

El comité de lucha contra el comunismo se valió de un grupo asesor de alto nivel intelectual para evaluar las obras artísticas perjudiciales para la democracia. Entre los treinta mil libros que el macartismo prohibió se encontraba “Robin Hood”. Es evidente el contenido comunista del libro: una banda de ladrones, usando un sistema parecido al de las guerrillas, roba a los ricos y reparte el dinero con los pobres. Tan pernicioso como “Robin Hood” resultó ser “Espartaco”, de Howard Fast. En este caso, la narración de un esclavo que subleva a otros esclavos de la opresión de las clases altas tiene un notorio paralelismo con la lucha de clases pregonada por el marxismo. Impidiendo que estos dos libros convirtieran en comunistas a los estadounidenses, se los retiró de las librerías, impidiéndose su venta.

Además de los asesores intelectuales, McCarthy utilizó a informantes. Esto es: artistas que delataban a otros artistas por ser comunistas. ¿Cómo sabían que eran comunistas? En algunos casos porque ellos lo habían sido pero se arrepintieron. En otros, porque tenían la sospecha por el modo en que los acusados hablaban en la intimidad, por cómo tomaban con cierto desprecio la copa de whisky y con agrado la de vodka, o por haber dicho cosas como: “me parece que hay gente pobre a la que se debiera ayudar”. Elia Kazan, cotizado director, fue el más perfecto de los denunciantes. Kazan obtuvo el primer premio entre los acusadores que arruinaron carreras para salvar la suya. Como lo dijo Orson Welles: “traicionaron para salvar sus piscinas”. Guionistas y escritores de talento como Dalton Trumbo o Howard Fast debieron refugiarse en seudónimos para ganar algún dinero. La actriz Louise Rainer, dos veces ganadora del Oscar, no trabajó nunca más en papeles de importancia por ser tildada de extranjera (era alemana) y comunista por estar casada durante tres años con el dramaturgo Clifford Odets, de quien se dijo que era marxista.

McCarthy utilizó las listas que el FBI le proveyó. En esas listas estaban los nombres de todos los residentes en los Estados Unidos sospechosos de actividades antipatrióticas. Por supuesto, las listas no solo incluían a antiguos integrantes o simpatizantes del partido comunista sino a aquellos individuos cuyas conductas podían conducirlos a actuar contra la patria: homosexuales y alcohólicos. En las listas no estaban incluidos el director del FBI, Hoover, homosexual que se disfrazaba de mujer junto a su pareja masculina oculta hasta después de su muerte, ni, mucho menos, el propio senador McCarthy, homosexual y alcohólico.

Cuando McCarthy ya no fue útil, cerca del año 1954, con unas cuantas vidas arruinadas por mentiras y calumnias, lo sacaron del Congreso. Con el tiempo, se le echó la culpa a él solo de toda la persecución que ha sido el máximo ejemplo de la actitud antidemocrática de los democráticos estadounidenses. Los demás no tuvieron nada que ver. Hasta llegó a presidente Ronald Reagan que fue uno de los actores (entonces lo era) más serviles al macartismo. O, quizás, llegó a la presidencia por esa extraordinaria contradictoria plasticidad estadounidense: la de pregonar la libertad y combatir la libertad. De todos modos, el período dejó algo bueno: “Las brujas de Salem”, la obra de teatro que escribió Arthur Miller, que no solo se dio el gusto de ser marido de Marilyn Monroe sino que mostró cómo el talento puede ir de la mano con las convicciones y la coherencia. Lo que no es común, aunque se crea lo contrario.

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