El 22 de agosto de 1911, el cuadro más famoso del mundo, la Gioconda, fue robado del Museo del Louvre. Cuatro años antes, en el mismo museo, se había producido el robo de unas pequeñas estatuas españolas. La policía francesa, llevada por las pistas, detuvo a Guillaume Apollinaire, el poeta. Apremiado en los interrogatorios, no demoró en revelar que las estatuillas se encontraban en poder de Pablo Picasso. El pintor fue detenido pero quedó libre al devolver las obras. Según dijo Picasso, él ignoraba que habían sido robadas. Sin embargo, Picasso era muy conocido por comprar objetos de arte robados. En este caso, es difícil creer que no supiera que las estatuillas habían sido robadas del Louvre. Esto mostraría su ignorancia artística (que no la tenía sino todo lo contrario) y desconocer que el autor del robo había sido Apollinaire, que no fue preso como instigador pero sí su secretario, Honoré-Joseph Géry Pieret, autor material del robo. Lo que era verdad es que ninguno de ellos tenía nada que ver con el robo de la Gioconda. El ladrón era otro.

El ladrón era Eduardo Valfierno, argentino que se hacía llamar Marqués de Valfierno. Su plan fue sencillo y astuto. Convenció a un italiano, Vicenzo Perugia, para que fuera al Louvre, quitara la pintura del marco, la enrrollara y se la llevase.

Perugia le hizo caso y robó el cuadro. Valfierno le pidió que lo mantuviera escondido hasta que él le avisara. Mientras Perugia guardaba el cuadro, Valfierno vendía seis copias de la Gioconda encargadas a Yves Chaudron, un extraordinaria falsificador francés. Valfierno consiguió cinco compradores estadounidenses (lo que no es nada raro dado que es innato en ellos el comprar lo que sea) y un brasileño adinerado. Una vez que Valfierno encontró a otros seis sinvergüenzas como él, pero mucho más estúpidos, se dedicó a gastar el dinero que consiguió.

Vicenzo Perugia, sin saber qué hacer con el cuadro al que tuvo metido en una maleta bajo la cama durante dos años, se decidió a venderlo por cuenta propia. No tuvo mejor ocurrencia que ofrecerlo a Alfredo Geri, un anticuario y director de la Galería degli Uffizi, que, para su mala suerte, era un hombre honesto. Geri citó a Perugia a encontrarse en un hotel. Lleno de feliz inocencia, convencido de que, al fin, se quitaría el cuadro de encima y podría ganar bastante dinero, Perugia fue al hotel. Lo esperaba la policía. Terminó preso. Perugia era humilde y había creído lo que le dijo Valfierno: el objetivo del robo era lograr que el cuadro de Leonardo volviera a Italia. Eso contó y le sirvió para que le dieran apenas un año y medio de prisión ya que era “un robo patriótico” (una de esas cosas que solo a los italianos se les puede ocurrir).

La Gioconda fue exhibida en Roma, Milán y Florencia, y, en 1914, los italianos la devolvieron al Louvre. Años más tarde, en 1931, Valfierno le contó la historia a un periodista. Quería tener la gloria de haber realizado el robo más importante de la historia del arte. De paso, dio los nombres de los seis compradores. A ellos no los detuvo la policía. Eran demasiado ricos como para ir presos.

Las fotos, en orden descendente: Pablo Picasso; Eduardo Valfierno; Vicenzo Perugia durante el juicio.

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