Alfonsina nació en Suiza. Los padres se radicaron en Argentina y ella creció con un padre alcohólico y una madre maestra en una escuela domiciliaria. El padre había sido dueño de una cervecería de la que se desligó y, con poco dinero, puso un café en la ciudad de Rosario. Alfonsina tenía diez años y trabajaba lavando platos y atendiendo las mesas. El negocio quebró y el único sustento para la familia era el trabajo de la madre y el de ella y sus hermanos. Ganaban lo justo para comer. Alfonsina se cansó de ser costurera, limpiar los pisos y cuidar de su hermano menor. Se fue a trabajar a una fábrica como obrera y repartiendo volantes para ganar un poco más. En 1907, a los quince años, se hizo actriz y recorrió medio país haciendo obras de teatro. Un poco después, escribió su primera obra de teatro. De versos estaban llenos sus bolsillos. A los diecisiete, se fue de su casa y se instaló sola en Coronda, una ciudad del sur de Santa Fe. Fue a estudiar en el colegio secundario. Pero no había hecho el colegio primario, así que la rechazaron. La directora le vio el talento de escritora y la ayudó. La hizo celadora, le pagó un sueldo y le permitió estudiar. Claro, el sueldo era escaso como para pagar el alojamiento y la comida. Para conseguir más dinero,  los fines de semana, viajaba a Rosario para cantar en un cabaret. Un día hizo las valijas y se fue a Buenos Aires. Era el año 1911. Alfonsina tenía diecinueve. Consiguió una pensión y se arregló como pudo. Estaba embarazada pero siguió adelante. Tuvo a su hijo, Alejandro, y aprovechó cada minuto libre para escribir poemas.

Con veinte años, a comienzos del siglo XX, en una sociedad dominada por los hombres y los prejuicios morales,  Alfonsina era una poeta pobre, madre soltera, y una mujer que vivía de su trabajo. Tenía un agregado: a nadie se le hubiera ocurrido considerarla físicamente bella, más bien, todo lo contrario. Sin embargo, logró trabajar como maestra, publicó libros, ganó premios, mostró un especial talento para la poesía y nunca claudicó en su lucha por los derechos de la mujer. Gran parte de su poesía está dedicada a la exigencia de igualar a hombres y mujeres. Otra parte, tiene la cuota erótica y romántica propia de una mujer que ha vivido.

La vida de Alfonsina es un largo combate para ganar un sitio. Pero, también, para soportar la soledad, los miedos, los desprecios, el menoscabo. Tuvo un gran amigo: el enorme escritor uruguayo Horacio Quiroga. Se entendía bien con él. Pero Horacio la dejó sola al suicidarse. Alfonsina se hundió en la depresión. Sin embargo, sabía salir de los abismos. Había caído muchas veces en ellos. Hasta que le diagnosticaron cáncer de mama. Entonces, bajó los brazos. O no los bajó y decidió enfrentar la muerte. Viajó a Mar del Plata, se hospedó en un hotel. Tenía fuertes dolores. Escribió una cartas. Una a su hijo. Otra, al escritor Manuel Gálvez pidiéndole que ayudara a su hijo. La tercera, al diario La Nación enviando un poema. En la madrugada, caminó hacia el mar.

En la tarde del día siguiente, todos los diarios, en su edición de la tarde, anunciaron la muerte de Alfonsina. En su cortejo fúnebre estuvieron las autoridades del país, los escritores más importantes, los que habían sido sus alumnos. Había muerto una de las más grandes poetas de América. Una mujer en un mundo de hombres entre los que se abrió paso a los codazos, sin nunca abandonar sus ideales, hasta llegar a lo más alto de su arte y a ganar un lugar por sí misma. Al día siguiente de su entierro, el diario La Nación publicó el poema que ella había enviado, “Voy a dormir”, en el cual los dos versos finales siguen siendo un misterio ya que nunca se ha sabido a quién alude, quizás a su hijo: “Si él llama nuevamente por teléfono/ le dices que no insista, que he salido”.

Alfonsina Storni (1892-1938), suiza-argentina. Escribió: “La inquietud del rosal”; “El dulce daño”; “Irremediablemente”; “Lánguidez”; “Ocre”; “Mundo de siete pozos”; “Mascarilla y trébol”; “Morir sobre los campos”; “Poemas de amor”. Todas obras poéticas. En teatro y teatro infantil: “El amo del mundo”; “Cimbelina en el 1900 y pico”; “Polixena y la cocinerita”; “La debilidad de mister Dougall”; “Los degolladores de estatuas”; “Blanco…negro…blanco”; “Pedro y Pedrito”; “El dios de los pájaros”; “Un sueño en el camino”; “Los cazadores de fieras”. Y una colección de sus ensayos, editada en 2005, con el título “Nosotras y la piel”.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s