Una mujer camina por las calles vestida con harapos. Habla sola. Vive en una casa vieja que heredó. Siempre está rodeada de gatos.  Duerme envuelta en una sábana en la que dibujó a uno de sus amantes muertos. Vive de una beca modesta. Hasta años atrás, ha sobrevivido enseñando dibujo en una escuela primaria. La mujer es Carmen Mondragón o Nahui Ollin. Sus méritos: escribir libros que pocos han leído; pintar cuadros primitivistas y casi infantiles; tener muchos amantes; haberse rodeado de artistas famosos; fotografiarse desnuda y ser, según dicen, hermosa.

Carmen era hija de un general muy rico. De niña la mandaron a estudiar a París. Al regresar a México, se casó a los veinte años con un cadete, Manuel Rodríguez Lozano, que, con el tiempo, dejaría de ser militar y se haría pintor. En México se había producido la revolución encabezada por Madero para desalojar a Porfirio Diáz. Cuando la situación se puso difícil, Mondragón y su marido se escaparon a París. Como tenían tiempo libre, se dedicaron a conocer artistas. Hablaban con Diego Rivera y Picasso y se entretenían. Pero comenzó la primera guerra mundial y no tenían ganas de ponerse en peligro. Se fueron a España. En París o en España, el matrimonio se llevaba mal. Apenas se apaciguó la situación en México y estaban muertos Zapata y Villa, Carmen volvió a la casa paterna. No le permitieron divorciarse. Ella lo aceptó. Su independencia y rebeldía llegaba hasta la posibilidad de perder el sustento paterno y la futura herencia.

Carmen se dedicó a tener amantes. Una sucesión de ellos. Luego, se enamoró de un pintor famoso, Gerardo Murillo, que se hacía llamar Dr. Atl y que pintaba y escalaba volcanes. Murillo-Atl le buscó un nombre apropiado. La llamó “Nahui Ollin”. El nuevo nombre, siguiendo las tradiciones aztecas, se relaciona con la renovación cósmica. Dr Atl-Murillo era hombre de talento y excéntrico. Pintaba y escribía. Justamente, a su lado, Carmen escribió sus libros. Incluso unos apuntes hechos a los diez años y presentados como la obra de una niña de notable precocidad pero en el que más que precocidad está la mano de Dr Atl. El resto de los libros de Mondragón han tenido tan escasos lectores que es raro encontrar a alguien que haya leído uno. Después de cinco años, se acabó su etapa literaria junto a Dr. Atl-Murillo y se separó. Con unos amantes en el período intermedio, mantuvo una relación con Matias Santoyo, el pintor y caricaturista. Imitándolo como pudo, hizo varios cuadros. Pero duró poco con él y continuó pasando el tiempo con sus amigos  militantes comunistas Frida Kahlo, Siqueiros, Rivera; y algunas actrices, como Dolores del Río. Por supuesto, nunca abandonó el hábito de cambiar amantes como de zapatos. Eran los años 20 y Mondragón llamaba la atención. Era lo que pretendía. Usaba polleras cortas, se vestía como las estrellas de Hollywood y, como  muchas de ellas, se fotografió desnuda con Edward Weston.

De amante en amante, llegó a Eugenio Auricino, un capitán de barco. Se enamoró y mantuvo con él una relación tranquila. Ya era una mujer de cuarenta años. Su cuerpo no era el mismo y esto debió angustiarla. Nada le importaba más que su cuerpo, usarlo sexualmente y mostrarlo satisfaciendo su exhibicionismo. Tuvo mala suerte en su nuevo amorío: el capitán se murió en el mar. Mondragón-Ollin, sea por  el amor destruido o por su mente que comenzaba a desvariar, desapareció de toda acción pública. De allí en más, que se sepa, no hizo más que enseñar en la escuela primaria, encerrarse en la casa heredada con decenas de gatos, y vivir como una pordiosera. Cuando se murió, la mayoría no tenía idea de quién era ella. Pero a Adriana Malvido se le ocurrió escribir una novela sobre ella. El personaje le servía porque estaba al tono con la moda literaria de contar biografías de mujeres independientes, talentosas y transgresoras. Se supone que vio en Mondragón-Ollin a otro modelo de la mujer moderna que lucha por sus derechos.

Con poco o casi nada, Carmen-Nahui se convirtió en poco menos que una leyenda. Y puesta al lado de reales talentos, como Frida Kahlo. Es lo extraño. Carmen Mondragón pintó cuadros de escaso valor artístico, escribió libros prácticamente desconocidos, a los que su propia biógrafa juzgó como infantiles, y alguno de los contados lectores como pobres de talento. Carmen-Nahui siempre dependió del dinero de su familia y de los hombres que la mantuvieron. Cuando se quedó sin hombres, vivió en la miseria. Escapó de todo hecho social en el que pudo haberse comprometido. No parece haber realizado nada importante a nivel social y, seguramente, nada que valga la pena a nivel artístico. Pero se fotografió desnuda y aceptó ser un objeto sexual. El ideario del feminismo que lucha con fuerza para lograr derechos para la mujer y para evitar que la mujer sea considerada nada más que por su aspecto físico y tratada como un objeto sexual, encuentra en Carmen Mondragón-Nahui Ollin, exactamente, lo contrario de lo que pregona. Los que hablan de esta mujer poco y nada dicen de su obra pero no escatiman palabras para hablar de sus ojos verdes, su pelo, su cuerpo, su erotismo. ¿Esta mujer habría conseguido que alguien hablara de ella si hubiera sido fea?

Carmen Mondragón-Nahui Ollin (1893-1978), mexicana. Escribió “A los diez años sobre mi pupitre”; “Cariñosamente estoy adentro”; “Nahui Ollin”; “Energía cósmica”; y “Óptica cerebral”, todos entre 1922 y 1927.

Las pinturas, en orden descendente: Mondragón por Edward Weston; “Pulque”, pintado por Mondragón; “Caserío frente al mar”. Las fotos:  Mondragón por Edward Weston.

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