Dora Carrington se mató a los treinta y ocho años. Pidió una pistola prestada y se pegó un tiro. Dos meses antes, había muerto de cáncer el hombre más importante de su vida: Lytton Strachey. Era una relación amorosa distinta: Strachey era homosexual. Carrington concebía el amor entre un hombre y una mujer como algo que va más allá de lo sexual. No le faltaba razón. Tampoco temía experimentar con el sexo. Muchos hombres se enamoraron de ella pero Carrington estaba lejos de ser una mujer común. Había tenido relaciones sexuales con mujeres y con algunos hombres, en especial, intelectuales ligados al Círculo de Bloomsbury, como Gerarld Brenan. Pero nunca se enamoró realmente. Hasta conocer a Lytton.

Dora tenía una personalidad singular y lo mostraba en su vestimenta de ropas masculinas y en su corte de pelo estilo paje. Pintaba pero no mostraba demasiado su obra.  En 1916, conoció a Strachey. Él pertenecía al Círculo de Bloombury. Ella nunca fue un miembro aunque era amiga de muchos que lo formaban. Tal vez se debiera a que Virginia Woolf la consideraba algo extraña. Es posible que Virginia tuviera razón. Sin duda que Carrington no era una chica del montón. Al año siguiente de ser presentada a Strachey se fue a vivir con él. Ambos mantuvieron su independencia sexual. Carrington relacionándose con mujeres y Strachey con hombres. El problema surgió al aparecer Ralph Partridge. A partir de entonces se creó una situación poco frecuente. Strachey se enamoró de Partridge y Partridge de Carrington o de los dos. La solución fue que Carrington se casó con Partridge y los tres fueron a vivir juntos en una nueva casa.

En 1932, Strachey murió de cáncer. Carrington no demoró mucho en intentar suicidarse. Se encerró en el garaje con el motor del auto encendido. Fracasó porque Partridge la salvó. Para no cometer un nuevo error, buscó un instrumento definitivo: pidió una pistola prestada y se pegó el tiro. El arma pertenecía al aristócrata Bryan Guinnes. Es curioso que le prestara una pistola a una mujer que había querido suicidarse. Tal vez, le parecía adecuado que Carrington se suicidara. Lo que lo convertiría en un hombre de ideas profundas. O, es probable, creyera que la emplearía para matar a Patridge y le pareció divertido. De todos modos, una vez muerta Carrington, Partridge no se suicidó por ella. A las dos semanas, se mudó a la casa de su amante Frances Marshall, otra integrante del Círculo de Bloombury, con la que se casó a los pocos meses.

Carrington pareció seguir el modelo de Vanessa Bell, la hermana de Virginia Woolf. Vanessa se casó con Clive Bell y mantuvo, al mismo tiempo, relaciones con el ambiguo homosexual y pintor Duncan Grant, con el que tuvo una hija a la que el señor Bell crió como propia. Vanessa y su marido tenían relaciones muy abiertas. Cada uno de ellos tenía sus amantes. Vanessa, una de las integrantes de la élite del Círculo de Bloombury, practicaba tanto las relaciones heterosexuales como las lésbicas. Esta clase de relaciones practicadas por Carrington y Vanessa, casarse y tener amantes homosexuales aceptados o compartidos con el marido, pueden ser consideradas como un efecto de una absoluta libertad de pensamiento y de libertad sexual pregonadas desde el Círculo de Bloombury, en medio de la época victoriana. O producidas por el esnobismo al que es proclive la clase alta de cualquier nación. Si la muy buena pintora Vanessa Bell influyó con sus actos en la pintora Carrington hasta convertirse en un modelo de vida a seguir, no es trascendente para el arte. Lo que importa en el arte son las obras que se realizan.

Una obra de arte se defiende sola. Su mérito está en lo que es. No en lo que es su autor. De Carrington se habla más de su vida que de lo que pintó. Con Strachey es algo similar. Lytton Strachey fue un escritor mediocre y un biógrafo aceptable. No más que eso. ¿Y Carrington? ¿Es una artista de talento o solamente es una mujer lesbiana, que se fotografiaba desnuda, y que se enamoró de un homosexual y se suicidó por él? Esos cuadros que pintó, de haber sido hechos por un ama de casa, con dos hijos y un marido carpintero con el que pasó toda la vida sin hacer otra cosa que ir al cine, ¿serían tomados en cuenta? ¿Ocurre con Carrington lo mismo que con otros artistas con obras sobrevaloradas por los mitos construidos sobre sus vidas, que se anteponen y sobreponen a sus méritos artísticos?

Dora Carrington tuvo una existencia interesante y trágica. Nada de lo que vivió se trasluce en sus pinturas. Es posible o seguro, que Carrington no alcance el nivel artístico de Vanessa Bell ni de británicas como Dame Laura Knight  o Christine Robertson. Sus pinturas carecen de innovaciones y no hay entre ellas ninguna que parezca una obra maestra. Además, Carrington, que tuvo en vida la modestia de casi no mostrar sus pinturas y ni siquiera firmar gran parte de ellas, ha sido una artista nunca tomada en cuenta. Recién cuarenta años después de su suicidio, unos pocos se interesaron en sus trabajos. Luego, a medida que el cine y la literatura hablaban de ella, el interés creció. Es común que sea así.

 Carrington pintaba todo el tiempo. Sobre una caja o en la hoja de un cuaderno. No pintaba para obtener fama ni pasar a la posteridad. Es simple probar esto: no exhibía sus cuadros más que por circunstancias excepcionales ni se tomaba la molestia de firmar la mayoría de ellos. Pintaba porque necesitaba hacerlo. Porque tenía dentro de sí la pasión de la pintura. Sin dudas que esto la hace una artista. No la hace una gran pintora, como no lo es la mayoría, pero le permite obtener un pequeño espacio en el arte británico. Su vida amorosa está al margen de esto.

Dora Carrington (1893-1932), inglesa. La fotografía: Dora Carrington y Lytton Strachey. Las pinturas, en orden descendente: “Estudio de una mujer desnuda”“La señora Box”, “Chico español”, “Retrato de Julia Strachey”“Bote de pescadores en el Mediterráneo”, “Campo en Waterdlath”.

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