Alice Prin fue criada por su abuela en un pueblo francés, en los comienzos del siglo veinte. No conoció a su padre y su madre estaba en París ganándose la vida. Su abuela, que vivía en la pobreza extrema, terminó por mandarla con la madre. Alice consiguió trabajo en algunos comercios. Un día se le ocurrió posar desnuda para escultores. Tenía catorce años. Su madre la echó de la casa por considerarla una prostituta. Pero ella se las arregló para sobrevivir y comenzar a convertirse en Kiki de Montparnasse.

Kiki se convirtió en un nombre popular en Montparnasse. Ella posaba y cantaba canciones de contenido sexual en teatros de baja calidad. Pero su fama se extendió. Pasó a convertirse en la modelo más popular y en la musa inspiradora de una enorme cantidad de artistas. Por supuesto, mantuvo relaciones con la mayoría de ellos. Pero tuvo una pareja estable durante algunos años de la década del veinte: el fotógrafo, escultor y pintor dadaísta-surrealista Man Ray. Con ella como modelo, Man Ray logró varias de sus mejores obras maestras fotográficas.

Entre el fin de la primera guerra mundial y el comienzode la segunda, Kiki se transformó en un símbolo de la bohemia. Ella era “La Reina de Montparnasse”. Estaba en sus años de oro y aprovechaba para vivir con intensidad. Siguiendo los pasos de Suzanne Valadon, pintó cuadros expresionistas sin mucho conocimiento de la técnica ni la luz pero que despertaron interés por que ella, casi un mito viviente, era la autora. Compró un cabaret, “Chez Kiki, y, a los veintiocho años, en 1929, publicó su autobiografía,  “Memorias de Kiki”. Ernst Hemingway hizo la presentación. En Estados Unidos, el libro fue prohibido por pornográfico. No le importó demasiado.  De todos modos, alzaba los brazos y tocaba el cielo.

Cuando los alemanes invadieron Francia, Kiki se fue de París. No le gustaban los nazis. Por lo que pasaría con ella no se preocupaba. Era una optimista. “Me arreglo con un poco de pan, cebolla y vino. Eso es suficiente. Y estoy segura de que siempre voy a encontrar a alguien que me los ofrezca”, dijo. Era su manera de definirse y de definir, a través de sí, la vida bohemia de Montparnasse.

Cuando la guerra acabó, Kiki regresó a París. Nada estaba igual. Ella tampoco. Las drogas y el alcohol la habían destrozado. La mujer que quedaría inmortalizada en centenares de obras de arte a las que sirvió de modelo había dejado de existir. Una sombra de ella recorría las mesas de los cafés cantando y pidiendo unas monedas, siempre en Montparnasse, que, como ella, era una sombra de lo que fue.

A los cincuenta y un años, en 1953,  Alice Prin o Kiki de Montparnasse murió. Una multitud fue a su entierro. La revista Life le dedicó tres páginas a su obituario. Ella representó a un modelo de mujer: independiente, seductora, sin prejuicios. Y un tipo de vida irrepetible: el de la bohemia del Montparnasse de entreguerras.  Kiki fue otro de los símbolos del siglo veinte, de formas de ser y de vivir que han desaparecido para siempre.

Lo que Kiki pintó:

Alice Prin-Kiki de Montparnasse (1901-1953), francesa. La obras, en orden descendente: Julián Mandel: “Kiki de Montparnasse”, Man Ray: “Negro y blanco”; Man Ray: “El violín de Ingres”; Kees van Dongen: “Amapola de maíz”; Möses Kisling: “Retrato de Alice Prin” o “La mujer de rojo”; Sava Sumanovic: “La mañana”. De Alice Prin: “Mujer en la cama”; “Autorretrato”; “Equilibrista”“Puesto de flores; ; “Paisaje con vaqueras”.

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