A los trece años, Charlotte Corday, en compañía de sus hermanas, entró a un convento. Había muerto su madre y el padre no se pudo encargar de sus hijos. Pasó algo más de nueve años en el convento. El gobierno de la Revolución cerró los monasterios por decreto, como parte de su política anticlerical.  Charlotte fue a vivir con una tía y se unió a grupos girondinos. Cuando salió del monasterio, hubiera sido imposible imaginar que esa muchacha de poco más de veinte años iba a cometer uno de los más famosos crímenes políticos asesinando al jacobino y líder de la revolución francesa de 1789, Jean-Paul Marat.

Desde la época del imperio romano, matar a un tirano se consideraba un acto heroico. De esto se trataba el hecho cometido por Charlotte. Ella estaba convencida de la maldad de Marat y de que el único modo de detenerlo era asesinándolo. El 13 de julio de 1793, lo mató en su propia casa. Marat, que sufría de una severa enfermedad en la piel, pasaba la mayor parte del día en la bañadera. El agua mitigaba la picazón y el ardor. En la bañadera, escribía y recibía a las visitas. Hacía semanas que no se le veía en la calle. Charlotte se ingenió para llegar hasta él y clavar un cuchillo en su cuerpo. Después de muerto, el gobierno encargó a Jacques-Louis David que pintara el momento final. David lo pintó al estilo de Caravaggio, imitando su composición y las luces y sombras contrapuestas. Marat está en la bañera, con una toalla cubriéndole la cabeza, la pluma, aún, sostenida por la mano caída; la otra mano mantiene la carta que le escribió Corday. En el papel está escrito el nombre de la asesina. Todo lo que está escrito es falso. Corday escribió cartas a Marat para que la recibiera pero en ninguna escribió lo que dice la carta del cuadro. En el cuarto, Marat está solo. Todo ha desaparecido más allá de él, la bañera y los objetos dispuestos a su lado. Una luz ilumina su rostro. Como el de un mártir. De su piel han desaparecido todas las marcas de la enfermedad. Exhala su último suspiro con grandeza. Pero no está Corday en el cuadro. Ella no se movió de al lado de Marat después de matarlo. Se quedó esperando. David la quita de la escena. El que importa es Marat. Y pinta una figura idealizada. Lo que esperan los jacobinos que encargaron el cuadro.

Han pasado algunas décadas. La Revolución fracasó hace tiempo. En 1860, Paul-Jacques Aimé Baudry, en el único cuadro histórico que pintó en su vida, hace aparecer a Corday. Marat está en la bañadera. Está la toalla en su cabeza, la toalla verde cruzando la bañadera a lo ancho, papeles que acaban de caer. El cuarto se ha poblado de otros elementos. Corday está apoyada en la pared junto a la ventana. Su mirada está dirigida por encima de Marat,  Su cara se muestra rígida y soberbia, como si comenzara a experimentar el orgullo del acto que cometió. Un mapa de Francia está a sus espaldas.

Jean Joseph Weerts pintó la escena en 1880. Corday, con el cuchillo ensangrentado, se encuentra acorralada por la gente buena que se muestra indignada. Corday es presentada como una terrible asesina. La escena es falsa. Pero está de acuerdo con los gustos melodramáticos de la época de Weerts. Nunca entró esa gente al cuarto de Marat. Pero no se trata, como en el cuadro de David, de reflejar o aproximarse el hecho cierto. Se presenta el acto y los personajes de acuerdo a la ideología política con la que se lo mire, como suele ocurrir con otros sucesos históricos.

Joseph Nicolas Robert Fleury la ve como una heroína y la pinta antes de cometer el crimen. Charlotte es una joven bella, de facciones delicadas, mirada concentrada en algo más que en el paisaje que la rodea. En sus manos, un libro. No hay nada de fiereza en ella. Por el contrario, se la ve como una muchacha romántica, etérea y solitaria en la campiña de Normandia.

Auguste Raffet hace de ella un grabado. Charlotte va en el carro rumbo a la guillotina. Su cara está limpia y fresca. Sus pechos resaltan. Parece estar tranquila. Segura de haber cumplido con su deber. Como ella misma lo ha dicho: “La Patria vale cualquier sacrificio”. Marat había sido un médico y filósofo muy respetado por la aristocracia, antes de la Revolución. A partir de 1789, hubo otro Marat. Un hombre que atacó a las clases altas, combatió sus privilegios y defendió a los pobres. Junto a Robespierre , Danton y Desmoulins, establecieron “los derechos del hombre y del ciudadano”, ideas centrales de la revolución francesa. Para imponer la política de la revolución, se impuso un régimen de terror. Miles de opositores fueron guillorinados. Marat fue uno de los principales instigadores de esa política. En enero de 1793, Luis XVI fue condenado a muerte en la guillotina. Marat fue implacable con Luis XVI, símbolo de la aristocracia francesa. Seis meses después, el 13 de julio de 1783, la girondina Charlotte Corday mató al jacobino Marat. Apenas pasados cuatro días, el 17 de julio, le cortaron la cabeza.

Charlotte Corday (1768-1793), francesa. Jean-Paul Marat (1743-1793), francés.

Las obras, en orden descendente: “Carlota Corday en su celda”, de Arturo Michelena (1863-1898), venezolano. “La muerte de Marat”, de Jacques-Louis David (1748-1825), francés. “Charlotte Corday después del asesinato de Marat”, de Jacques Aimé Baudry (1828-1886), francés. “El asesinato de  Marat”, de Jean Joseph Weerts (1846-1927), belga. “Retrato de Charlotte Corday“, de Joseph Nicolas Robert Fleury (1797-1890), francés. “Charlotte Corday”, de August Raffet (1804-1860), francés.

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