CARMEN MONDRAGÓN O NAHUI OLLIN O EL TRIUNFO DE LA BELLEZA

Una mujer camina por las calles vestida con harapos. Habla sola. Vive en una casa vieja que heredó. Siempre está rodeada de gatos.  Duerme envuelta en una sábana en la que dibujó a uno de sus amantes muertos. Vive de una beca modesta. Hasta años atrás, ha sobrevivido enseñando dibujo en una escuela primaria. La mujer es Carmen Mondragón o Nahui Ollin. Sus méritos: escribir libros que pocos han leído; pintar cuadros primitivistas y casi infantiles; tener muchos amantes; haberse rodeado de artistas famosos; fotografiarse desnuda y ser, según dicen, hermosa.

Carmen era hija de un general muy rico. De niña la mandaron a estudiar a París. Al regresar a México, se casó a los veinte años con un cadete, Manuel Rodríguez Lozano, que, con el tiempo, dejaría de ser militar y se haría pintor. En México se había producido la revolución encabezada por Madero para desalojar a Porfirio Diáz. Cuando la situación se puso difícil, Mondragón y su marido se escaparon a París. Como tenían tiempo libre, se dedicaron a conocer artistas. Hablaban con Diego Rivera y Picasso y se entretenían. Pero comenzó la primera guerra mundial y no tenían ganas de ponerse en peligro. Se fueron a España. En París o en España, el matrimonio se llevaba mal. Apenas se apaciguó la situación en México y estaban muertos Zapata y Villa, Carmen volvió a la casa paterna. No le permitieron divorciarse. Ella lo aceptó. Su independencia y rebeldía llegaba hasta la posibilidad de perder el sustento paterno y la futura herencia.

Carmen se dedicó a tener amantes. Una sucesión de ellos. Luego, se enamoró de un pintor famoso, Gerardo Murillo, que se hacía llamar Dr. Atl y que pintaba y escalaba volcanes. Murillo-Atl le buscó un nombre apropiado. La llamó “Nahui Ollin”. El nuevo nombre, siguiendo las tradiciones aztecas, se relaciona con la renovación cósmica. Dr Atl-Murillo era hombre de talento y excéntrico. Pintaba y escribía. Justamente, a su lado, Carmen escribió sus libros. Incluso unos apuntes hechos a los diez años y presentados como la obra de una niña de notable precocidad pero en el que más que precocidad está la mano de Dr Atl. El resto de los libros de Mondragón han tenido tan escasos lectores que es raro encontrar a alguien que haya leído uno. Después de cinco años, se acabó su etapa literaria junto a Dr. Atl-Murillo y se separó. Con unos amantes en el período intermedio, mantuvo una relación con Matias Santoyo, el pintor y caricaturista. Imitándolo como pudo, hizo varios cuadros. Pero duró poco con él y continuó pasando el tiempo con sus amigos  militantes comunistas Frida Kahlo, Siqueiros, Rivera; y algunas actrices, como Dolores del Río. Por supuesto, nunca abandonó el hábito de cambiar amantes como de zapatos. Eran los años 20 y Mondragón llamaba la atención. Era lo que pretendía. Usaba polleras cortas, se vestía como las estrellas de Hollywood y, como  muchas de ellas, se fotografió desnuda con Edward Weston.

De amante en amante, llegó a Eugenio Auricino, un capitán de barco. Se enamoró y mantuvo con él una relación tranquila. Ya era una mujer de cuarenta años. Su cuerpo no era el mismo y esto debió angustiarla. Nada le importaba más que su cuerpo, usarlo sexualmente y mostrarlo satisfaciendo su exhibicionismo. Tuvo mala suerte en su nuevo amorío: el capitán se murió en el mar. Mondragón-Ollin, sea por  el amor destruido o por su mente que comenzaba a desvariar, desapareció de toda acción pública. De allí en más, que se sepa, no hizo más que enseñar en la escuela primaria, encerrarse en la casa heredada con decenas de gatos, y vivir como una pordiosera. Cuando se murió, la mayoría no tenía idea de quién era ella. Pero a Adriana Malvido se le ocurrió escribir una novela sobre ella. El personaje le servía porque estaba al tono con la moda literaria de contar biografías de mujeres independientes, talentosas y transgresoras. Se supone que vio en Mondragón-Ollin a otro modelo de la mujer moderna que lucha por sus derechos.

Con poco o casi nada, Carmen-Nahui se convirtió en poco menos que una leyenda. Y puesta al lado de reales talentos, como Frida Kahlo. Es lo extraño. Carmen Mondragón pintó cuadros de escaso valor artístico, escribió libros prácticamente desconocidos, a los que su propia biógrafa juzgó como infantiles, y alguno de los contados lectores como pobres de talento. Carmen-Nahui siempre dependió del dinero de su familia y de los hombres que la mantuvieron. Cuando se quedó sin hombres, vivió en la miseria. Escapó de todo hecho social en el que pudo haberse comprometido. No parece haber realizado nada importante a nivel social y, seguramente, nada que valga la pena a nivel artístico. Pero se fotografió desnuda y aceptó ser un objeto sexual. El ideario del feminismo que lucha con fuerza para lograr derechos para la mujer y para evitar que la mujer sea considerada nada más que por su aspecto físico y tratada como un objeto sexual, encuentra en Carmen Mondragón-Nahui Ollin, exactamente, lo contrario de lo que pregona. Los que hablan de esta mujer poco y nada dicen de su obra pero no escatiman palabras para hablar de sus ojos verdes, su pelo, su cuerpo, su erotismo. ¿Esta mujer habría conseguido que alguien hablara de ella si hubiera sido fea?

Carmen Mondragón-Nahui Ollin (1893-1978), mexicana. Escribió “A los diez años sobre mi pupitre”; “Cariñosamente estoy adentro”; “Nahui Ollin”; “Energía cósmica”; y “Óptica cerebral”, todos entre 1922 y 1927.

Las pinturas, en orden descendente: Mondragón por Edward Weston; “Pulque”, pintado por Mondragón; “Caserío frente al mar”. Las fotos:  Mondragón por Edward Weston.

MARÍA MAGDALENA LA SANTA DESNUDA

No existe un solo versículo del Nuevo Testamento en que se diga que María Magdalena es prostituta o que ella sea la mujer adúltera. Pero es la mujer más veces mencionada en el Nuevo Testamento. Incluso mucho más que la virgen María. Todas las veces que se la nombra se hace alusión a su proximidad y familiaridad con Jesús. También a su posición de privilegio por el trato que Jesús tiene con ella, poniéndola por encima de todos sus seguidores.

María Magdalena no es una prostituta ni una adúltera sino una mujer de las clases altas judías, como lo eran todas las seguidoras de Jesús. María Magdalena (la de Magdala) era una mujer instruida, sabía leer y escribir. Esto la convertía en un caso de excepción. En Judea, las mujeres tenían prohibido aprender a leer y escribir. En Galilea, de donde proviene María Magdalena, había cierta flexibilidad. Pero, seguramente, no con los pobres. En todas partes,  la educación, lo mejor de ella, siempre es propiedad de las clases acomodadas. En Palestina, en tiempos de Jesús, alguien que quisiera aprender el alfabeto debía ser hombre o una mujer perteneciente a una familia influyente y de un amplio criterio para permitírselo. Además y necesariamente,  la mujer debía de tener una fuerte personalidad para imponerse a su entorno represor.

María Magdalena es la más persona más cercana a Jesús. Su discípulo más amado, la que está con él en la crucifixión y la primera a la que se le aparece Cristo después de resucitar. Es la posible autora de dos evangelios, el que lleva su nombre y el que se acredita a San Juan. Méritos suficientes como para que la iglesia la eleve a santa pero, en este caso, haciendo una salvedad que nace de la calumnia: ella es una prostituta que debe redimirse haciendo penitencia. Los pintores la retratan en ese momento de la penitencia. Pero, ¿por qué pintarla desnuda?

María Magdalena es la primera mujer de la historia que ocupa un lugar de importancia. Existen suficientes datos como para considerarla la principal discípulo de Jesús y el haber cumplido un papel mucho más activo que cualquiera de los apóstoles. Sin embargo, no se la muestra como una mujer capaz e independiente sino como a una pecadora que debe redimirse.

El papel de la mujer en la sociedad y el modo en que es considerada desde el catolicismo, encuentra en María Magdalena a su símbolo más perfecto. Los cuadros de desnudos sobre ella son una exacta metáfora de la posición social de la mujer a lo largo de la historia. La mujer debe ser subestimada, puesta en posiciones subalternas. No hay ninguna otra santa tantas veces retratada. Y ninguna otra es desnudada con tanta frecuencia. La mirada de la iglesia está sobre el cuerpo desnudo de María Magdalena. La desnudez con la que se la denigra. María Magdalena, el objeto sexual.  Una historia del arte lleno de los desnudos de María Magdalena pero sin desnudos de San Pedro, San Agustín o Santo Tomás.

Los cuadros, en orden descendente: Francesco Hayez; Giovanni Balducci; Giampetino o Leonardo (se le acredita a uno y otro); Jules Lefevre; Tiziano; Correggio; Felipe Fichereli; Gerristz Bleker; Francisco Venegas; Pompeo Batoni; Wladislaw Nerevicius; Jan Massys.

CHARLOTTE CORDAY Y EL ASESINATO DE MARAT

A los trece años, Charlotte Corday, en compañía de sus hermanas, entró a un convento. Había muerto su madre y el padre no se pudo encargar de sus hijos. Pasó algo más de nueve años en el convento. El gobierno de la Revolución cerró los monasterios por decreto, como parte de su política anticlerical.  Charlotte fue a vivir con una tía y se unió a grupos girondinos. Cuando salió del monasterio, hubiera sido imposible imaginar que esa muchacha de poco más de veinte años iba a cometer uno de los más famosos crímenes políticos asesinando al jacobino y líder de la revolución francesa de 1789, Jean-Paul Marat.

Desde la época del imperio romano, matar a un tirano se consideraba un acto heroico. De esto se trataba el hecho cometido por Charlotte. Ella estaba convencida de la maldad de Marat y de que el único modo de detenerlo era asesinándolo. El 13 de julio de 1793, lo mató en su propia casa. Marat, que sufría de una severa enfermedad en la piel, pasaba la mayor parte del día en la bañadera. El agua mitigaba la picazón y el ardor. En la bañadera, escribía y recibía a las visitas. Hacía semanas que no se le veía en la calle. Charlotte se ingenió para llegar hasta él y clavar un cuchillo en su cuerpo. Después de muerto, el gobierno encargó a Jacques-Louis David que pintara el momento final. David lo pintó al estilo de Caravaggio, imitando su composición y las luces y sombras contrapuestas. Marat está en la bañera, con una toalla cubriéndole la cabeza, la pluma, aún, sostenida por la mano caída; la otra mano mantiene la carta que le escribió Corday. En el papel está escrito el nombre de la asesina. Todo lo que está escrito es falso. Corday escribió cartas a Marat para que la recibiera pero en ninguna escribió lo que dice la carta del cuadro. En el cuarto, Marat está solo. Todo ha desaparecido más allá de él, la bañera y los objetos dispuestos a su lado. Una luz ilumina su rostro. Como el de un mártir. De su piel han desaparecido todas las marcas de la enfermedad. Exhala su último suspiro con grandeza. Pero no está Corday en el cuadro. Ella no se movió de al lado de Marat después de matarlo. Se quedó esperando. David la quita de la escena. El que importa es Marat. Y pinta una figura idealizada. Lo que esperan los jacobinos que encargaron el cuadro.

Han pasado algunas décadas. La Revolución fracasó hace tiempo. En 1860, Paul-Jacques Aimé Baudry, en el único cuadro histórico que pintó en su vida, hace aparecer a Corday. Marat está en la bañadera. Está la toalla en su cabeza, la toalla verde cruzando la bañadera a lo ancho, papeles que acaban de caer. El cuarto se ha poblado de otros elementos. Corday está apoyada en la pared junto a la ventana. Su mirada está dirigida por encima de Marat,  Su cara se muestra rígida y soberbia, como si comenzara a experimentar el orgullo del acto que cometió. Un mapa de Francia está a sus espaldas.

Jean Joseph Weerts pintó la escena en 1880. Corday, con el cuchillo ensangrentado, se encuentra acorralada por la gente buena que se muestra indignada. Corday es presentada como una terrible asesina. La escena es falsa. Pero está de acuerdo con los gustos melodramáticos de la época de Weerts. Nunca entró esa gente al cuarto de Marat. Pero no se trata, como en el cuadro de David, de reflejar o aproximarse el hecho cierto. Se presenta el acto y los personajes de acuerdo a la ideología política con la que se lo mire, como suele ocurrir con otros sucesos históricos.

Joseph Nicolas Robert Fleury la ve como una heroína y la pinta antes de cometer el crimen. Charlotte es una joven bella, de facciones delicadas, mirada concentrada en algo más que en el paisaje que la rodea. En sus manos, un libro. No hay nada de fiereza en ella. Por el contrario, se la ve como una muchacha romántica, etérea y solitaria en la campiña de Normandia.

Auguste Raffet hace de ella un grabado. Charlotte va en el carro rumbo a la guillotina. Su cara está limpia y fresca. Sus pechos resaltan. Parece estar tranquila. Segura de haber cumplido con su deber. Como ella misma lo ha dicho: “La Patria vale cualquier sacrificio”. Marat había sido un médico y filósofo muy respetado por la aristocracia, antes de la Revolución. A partir de 1789, hubo otro Marat. Un hombre que atacó a las clases altas, combatió sus privilegios y defendió a los pobres. Junto a Robespierre , Danton y Desmoulins, establecieron “los derechos del hombre y del ciudadano”, ideas centrales de la revolución francesa. Para imponer la política de la revolución, se impuso un régimen de terror. Miles de opositores fueron guillorinados. Marat fue uno de los principales instigadores de esa política. En enero de 1793, Luis XVI fue condenado a muerte en la guillotina. Marat fue implacable con Luis XVI, símbolo de la aristocracia francesa. Seis meses después, el 13 de julio de 1783, la girondina Charlotte Corday mató al jacobino Marat. Apenas pasados cuatro días, el 17 de julio, le cortaron la cabeza.

Charlotte Corday (1768-1793), francesa. Jean-Paul Marat (1743-1793), francés.

Las obras, en orden descendente: “Carlota Corday en su celda”, de Arturo Michelena (1863-1898), venezolano. “La muerte de Marat”, de Jacques-Louis David (1748-1825), francés. “Charlotte Corday después del asesinato de Marat”, de Jacques Aimé Baudry (1828-1886), francés. “El asesinato de  Marat”, de Jean Joseph Weerts (1846-1927), belga. “Retrato de Charlotte Corday“, de Joseph Nicolas Robert Fleury (1797-1890), francés. “Charlotte Corday”, de August Raffet (1804-1860), francés.

PETR GINZ MIRANDO LA TIERRA DESDE LA LUNA

En 1928, en Praga, en la que entonces era Checoslovaquia, nació Petr Ginz. Tenía un padre judío, una madre que no lo era, una hermana, y algunos parientes. Desde pequeño mostró actitudes artísticas. Le gustaba hacer dibujos y escribir. Le atraían las novelas de Julio Verne, así que, entre los ocho y catorce años,  escribió algunas copiando su estilo. Como su padre era un experto en esperanto, él también aprendió el posible lenguaje universal. Por lo demás, no había nada demasiado diferente en su vida a lo que hacían los demás niños burgueses de Praga. Excepto, claro, el que su padre fuera judío.

Esto de ser judío fue un inconveniente cuando los alemanes ocuparon Checoslovaquia, en 1938, y la hicieron desaparecer dividiéndola en diferentes territorios. Como es sabido, los alemanes habían establecido una política anti judía destinada a la purificación de la raza aria. Esta política fue impuesta por un grupo de psicópatas alemanes que, de inmediato, encontraron apoyo en la mayoría de los alemanes; simpatizantes en todos los continentes (porque si algo abunda en el mundo es la demencia y la idiotez), y el visto bueno de los gobiernos de otros países que toleraron y apoyaron las medidas tomadas por los nazis. Por uno de los artículos de la ley anti-judía, se establecía que todos los hijos de matrimonios mixtos (judíos casados con no judíos) debían ser apartados de sus padres al cumplir los catorce años. Eso le sucedió a Petr Ginz.

Petr Ginz fue llevado a un campo de concentración. Le tocó Terezin. Era una fortaleza construida en el siglo XVIII y que se llamó originalmente Theresienestand, en homenaje a la emperatriz María Teresa. Alrededor había un poblado. El poblado sirvió como guetto y, luego, los judíos fueron trasladados a  la fortaleza, que pasó a ser un campo de concentración.

En 1944, los alemanes mostraron el campo a un comité de la Cruz Roja. Había bares, cines, la gente paseaba, las parejas se tomaban del brazo. Al ser interrogados, todos respondían que estaban muy satisfechos del modo en que se los trataba. Los alemanes filmaron una película de propaganda mostrando las condiciones sobresalientes en las que vivían los judíos cautivos. Era una farsa. El campo había sido casi vaciado y los prisioneros trasladados a Auschwitz. Cafés, teatros, todo, formaba parte de una escenografía montada para la ocasión. Incluso las respuestas de los judíos detenidos habían sido cuidadosamente enseñadas.

A Terezín llegaron 145.000 judíos. Unos 88.000 fueron llevados a Auschwitz. Del resto, 36.000 murieron de hambre, frío, y epidemias. Al acabar la guerra, los sobrevivientes eran un poco más de 17.000. En este sitio vivió Petr Ginz entre 1942 y 1944.

En Terezin, un profesor llamado Valtr Eisinger que había sido echado de su cargo y encerrado en el campo, inspiró a un grupo de chicos para que hicieran una revista. Como los niños estaban separados de los adultos y solo se veían unos momentos en los patios, tuvieron que arreglarse solos. De modo que hicieron la revista por ellos mismos y lograron editarla durante dos años.

La revista se llamó Vedem y apareció entre 1942 y 1944, hecha a mano. Llevaba ilustraciones y notas diversas, desde chistes, historietas, comentarios deportivos, relatos, reportajes. Petr Ginz fue uno de los más activos colaboradores y llegó a ser el editor en jefe. Él no sólo escribía, también, hacía muchos dibujos. Entre todos esos dibujos, hizo uno que se convirtió en algo especial, en un símbolo.

Era el dibujo hecho por un niño separado de su familia, preso en un campo de concentración; un niño hambriento, triste, temeroso, que todo lo que tenía era su fantasía para huir, por unos instantes, de la brutal realidad en la que estaba por el delito de ser judío. Petr Ginz dibujó la Tierra vista desde la Luna.

Fueron centenares los niños que participaron de Vedem. Solamente quince salvaron sus vidas. Todos los que estaban en la barraca L417 fueron deportados a Auschwitz. A ese campo fue Petr Ginz cuando tenía dieciséis años. Poco antes de partir se había encontrado con Eva, su hermana menor, que, también, era una prisionera. A Eva le dejó unos dibujos y algunos escritos. Después, se fue al campo de exterminio para morir asfixiado con gas.

 

Las fotos, en sentido descendente: Petr Ginz; Peter Ginz con sus padre y su hermana; Petr y Eva Ginz; El dibujo: “Paisaje de la Tierra vista desde la Luna”. Este dibujo fue llevado al espacio por IIan Ramon, astronauta judío, componente de la tripulación del transbordador Columbia, que explotó al regresar a Tierra en 2003. Un diario escrito por Petr Ginz en los años 1941-1942, antes de ir al campo de concentración, fue editado en el año 2005.

SIQUEIROS, EL PINTOR Y EL ASESINATO DE TROTSKY

David Siqueiros es un pintor de renombre mundial. Es sabido que, junto a Rivera y Orozco, conforma el grupo de los grandes muralistas mexicanos. Los tres, además, han sido activos militantes del partido comunista. Siquieros siempre se mantuvo en acción política. Así, estuvo en la Guerra Civil española tanto como, años más tarde, se hizo presente cuando Nasser nacionalizó el canal de Suez. Su pintura es un desarrollo de su ideología. En otras cosas que hizo,  también, quiso matar a Trotsky.

León Trotsky, que nació como Lev Davidovich Bronstein, fue uno de los tres principales líderes de la revolución rusa de 1917. Los otros dos: Lenin y Stalin. Lenin fue el jefe hasta su muerte. Su sucesor debía ser Trostky. Incluso era lo que Lenin quería. Pero fue Stalin el que se quedó con el poder. Stalin organizó un complot y dejó afuera del gobierno a Trotsky. Lo llevó a prisión y, luego, lo desterró. Lenin y Trotsky eran judíos. Stalin, no. Durante su gobierno, en el que antes de enfrentarse, pactó con Hitler, fueron abundantes las persecuciones contra los judíos. Nada fuera de lo común en la mayoría de los países europeos de esos años. Sea porque se desarmaba una supuesta trama ideada por los judíos o por razones personales de pretender el poder, Trotsky quedó fuera de Rusia. Pero se convirtió en el principal enemigo teórico y en el potencial dirigente de una rebelión contra Stalin. Mientras escribía libros y pensaba en la revolución soviética mundial y en destituir a Stalin, no le quedó más remedio que ir de un país al otro, hasta que, en 1937, llegó a México.

En México, Trotsky y su mujer se instalaron en la casa de Diego Rivera y Frida Kahlo, en Coyoacán. Mantuvo un romance con Frida, a la que le llevaba treinta años, y se fue a unas cuadras de ellos después que Rivera se enterara de que el huésped había hecho abuso de su hospitalidad. En su nueva casa, el teórico predicador de una nueva moral que no ponía en práctica en su vida personal traicionando a la que todos consideraban su inseparable mujer y al amigo que le había dado protección, se mantuvo tranquilo por unos meses. Tenía una custodia gigantesca y se suponía que era imposible llegar hasta él. Siqueiros no opinaba lo mismo.

Robert Sheldon Hart, un doble agente, infiltrado en la custodia de Trotsky, consiguió que un comando de veinte hombres comandado por el pintor se metiera en la casa. Hubo cuatrocientos disparos. Siqueiros llegó hasta el dormitorio de Trotsky y Natalia Sedova, la esposa. Les tiró pero no acertó. El matrimonio se parapetó detrás de una pared y los custodios enfrentaron a Siqueiros. No le quedó otra alternativa que escapar con sus hombres. Esto ocurrió en mayo de 1940. Y Siqueiros ni la mayoría de los militantes del partido comunista fieles al stalinismo se quedaron quietos. Stalin había ordenado matar a Trotsky así que,pronto, otro plan fue ideado. Siqueiros no estuvo ausente de su elaboración. Ocurriría en noviembre de 1940, cinco meses después del fallido primer intento.

Ramón Mercader, un catalán fue el elegido. Lo ayudó su propia madre. Y dos comunistas de México: el filósofo, político y sindicalista, Vicente Lombardo Toledano y David Siqueiros. El plan no era nada extraordinario: Mercader enamoró a Silvia Ageloff, una de las secretarias de Trotsky. Después, todo lo que había que lograr era que  Silvia le hablara a Trostky de Mercader y le pidiera que leyera unos escritos que él había hecho. Por supuesto, Silvia hizo que Trotsky se encontrara a solas con Mercader.  Mientras Trotsky leía, Mercader le clavo un pico en la cabeza.

Mercader fue preso. Dijo que cometió el crimen por cuestiones personales. A principios de los años cincuenta, salió libre. Stalin siguió gobernando hasta que murió. Y Siqueiros pintando sus murales.

Davi Alfaro Siqueiros (1896-1974), pintor mexicano. Las obras, en orden descendente son: “La nueva democracia”, “Del porfirismo a la revolución”, “Mural en el edificio Tecpan, en Tlatelolco”, “Eco por un grito”, “La marcha de la humanidad”, “Caín en los Estados Unidos”.

DALÍ ANTES DEL SURREALISMO

Dalí creció en un ambiente familiar muy particular. El padre era un abogado, estricto y conservador, y la madre una mujer un tanto más moderada de carácter. Ellos son padres especiales y lo educan de una manera especial. Antes de nacer Salvador, nueve meses antes, había muerto otro Salvador. Su hermano. Los padres, gente educada de Figueras, catalanes creyentes, decidieron sustituir al niño muerto de tres años por el otro. Así que le pusieron Salvador, como al muerto. Esperaron un poco y, al llegar el nuevo Salvador a los cinco años, lo llevaron a la tumba de su hermano. Muy emocionados, le dijeron a Salvador que él era la reencarnación de su hermano. Claro, el niño creció con complejos. Estaba convencido de ser el el hermano muerto. En realidad, esta idea nunca lo abandonó por completo.

muhacha de espaldas

Tenía a su hermana Ana María y la pintó varias veces. En una de ellas, pintándola de espaldas, asomada a la ventana, mirando el mar y las casas de la orilla opuesta, logró una de sus obras más interesantes y sugestivas.

la muchacha en la ventana

Dalí está ligado al surrealismo de una manera en que parece imposible hablar de uno sin hablar del otro. Pero, antes de nacer el surrealismo, pintó en otros estilos:realista, fauvista, puntillista, cubista. Es el otro Dalí. El que aún está ajeno a Gala, a las promocionadas excentricidades, a los enormes y delgados bigotes en cuerno fijados con yeso. Es un Dalí más simple. No menos talentoso.

muchacha acodada
interior holandés
nave
muchacha en el jardín (o las primas)
bañistas en la costa brava
portodogue

Salvador Dalí (1904-1989), español.  La obra en la parte superior es “Ana María, la hermana del artista”

LOS CLAVOS DE CRISTO

En tiempos de Cristo, los romanos hacían los crucifixiones de los castigados usando sogas, con las que ataban manos y pies, o clavos. Los clavos tenían entre catorce y dieciocho centímetros de largo, y un centímetro de ancho. La función era clavar las manos y los pies a la cruz. Se ha dicho que había dos maneras de clavar los pies: apoyados, uno al lado del otro, clavados en el suppodaneum (descanso de madera); o poniendo las piernas en forma lateral (por lo general, rompiéndolas), los pies juntos, en posición frontal, uno sobre el otro, clavándolos en el madero vertical.

Estas dos posibilidades de clavar los pies fue parte muy importante en la historia del arte. Si los pies fueron clavados juntos sobre el tirante vertical, se usaron tres clavos; si fueron clavados sobre el descanso, se usaron cuatro. Pero, el uso de los tres clavos es una especulación ya que no se conocen crucifixiones en las que se usaran solamente tres. Si los clavos tenían un máximo de dieciocho centímetros de largo, es imposible que pudieran atravesar dos pies puestos uno encima del otro y clavarse con firmeza en un madero. A pesar de este razonamiento, el problema dividió a unos y otros artistas: ¿con cuántos clavos debía pintarse la crucifixión?

El Greco usó tres clavos.

Grunewald coloca tres clavos.

Van Dick hizo lo mismo y pintó tres clavos.

Giotto había usado cuatro, aunque uno de ellos no se vea porque lo cubre una mano.

Zurbarán, en 1627, después de un mayoritario uso de los tres clavos, impuso cuatro y en forma muy clara.

Velázquez lo siguió y usó cuatro.

Goya continuó esta línea y hay cuatro clavos en su crucifixión.

Dalí resolvió la cuestión de forma original: no usó clavos.

CUANDO PICASSO FUE SOSPECHOSO DE ROBAR LA GIOCONDA

El 22 de agosto de 1911, el cuadro más famoso del mundo, la Gioconda, fue robado del Museo del Louvre. Cuatro años antes, en el mismo museo, se había producido el robo de unas pequeñas estatuas españolas. La policía francesa, llevada por las pistas, detuvo a Guillaume Apollinaire, el poeta. Apremiado en los interrogatorios, no demoró en revelar que las estatuillas se encontraban en poder de Pablo Picasso. El pintor fue detenido pero quedó libre al devolver las obras. Según dijo Picasso, él ignoraba que habían sido robadas. Sin embargo, Picasso era muy conocido por comprar objetos de arte robados. En este caso, es difícil creer que no supiera que las estatuillas habían sido robadas del Louvre. Esto mostraría su ignorancia artística (que no la tenía sino todo lo contrario) y desconocer que el autor del robo había sido Apollinaire, que no fue preso como instigador pero sí su secretario, Honoré-Joseph Géry Pieret, autor material del robo. Lo que era verdad es que ninguno de ellos tenía nada que ver con el robo de la Gioconda. El ladrón era otro.

El ladrón era Eduardo Valfierno, argentino que se hacía llamar Marqués de Valfierno. Su plan fue sencillo y astuto. Convenció a un italiano, Vicenzo Perugia, para que fuera al Louvre, quitara la pintura del marco, la enrrollara y se la llevase.

Perugia le hizo caso y robó el cuadro. Valfierno le pidió que lo mantuviera escondido hasta que él le avisara. Mientras Perugia guardaba el cuadro, Valfierno vendía seis copias de la Gioconda encargadas a Yves Chaudron, un extraordinaria falsificador francés. Valfierno consiguió cinco compradores estadounidenses (lo que no es nada raro dado que es innato en ellos el comprar lo que sea) y un brasileño adinerado. Una vez que Valfierno encontró a otros seis sinvergüenzas como él, pero mucho más estúpidos, se dedicó a gastar el dinero que consiguió.

Vicenzo Perugia, sin saber qué hacer con el cuadro al que tuvo metido en una maleta bajo la cama durante dos años, se decidió a venderlo por cuenta propia. No tuvo mejor ocurrencia que ofrecerlo a Alfredo Geri, un anticuario y director de la Galería degli Uffizi, que, para su mala suerte, era un hombre honesto. Geri citó a Perugia a encontrarse en un hotel. Lleno de feliz inocencia, convencido de que, al fin, se quitaría el cuadro de encima y podría ganar bastante dinero, Perugia fue al hotel. Lo esperaba la policía. Terminó preso. Perugia era humilde y había creído lo que le dijo Valfierno: el objetivo del robo era lograr que el cuadro de Leonardo volviera a Italia. Eso contó y le sirvió para que le dieran apenas un año y medio de prisión ya que era “un robo patriótico” (una de esas cosas que solo a los italianos se les puede ocurrir).

La Gioconda fue exhibida en Roma, Milán y Florencia, y, en 1914, los italianos la devolvieron al Louvre. Años más tarde, en 1931, Valfierno le contó la historia a un periodista. Quería tener la gloria de haber realizado el robo más importante de la historia del arte. De paso, dio los nombres de los seis compradores. A ellos no los detuvo la policía. Eran demasiado ricos como para ir presos.

Las fotos, en orden descendente: Pablo Picasso; Eduardo Valfierno; Vicenzo Perugia durante el juicio.

BALTHUS Y LA MIRADA PEDÓFILA

En la obra de Balthus hay una mirada estética peculiar del sexo. Sin ninguna represión, hurga en la sexualidad infantil y en el voyeurismo, la pedofilia y la sexualidad insatisfecha de los adultos en busca de fantasías compensadoras.

Balthus solía decir que mirada pervertida no era la suya sino la del espectador. Aseguraba que él pintaba “ángeles”, no niños. El profesor Humbert comprendería lo que Balthus afirmaba. El personaje de Nabokov podría decir algo parecido de Lolita, si es que la hubiese tomado de modelo para un cuadro.

En las pinturas de Balthus hay una violencia implícita que marcha junto con la notoria pedofilia que el espectador ve porque está allí, puesta por Balthus.

Una mujer tiene sobre sus piernas a una niña a la que le ha quitado, quizás usando la fuerza, la bombacha. La toma del pelo con una mano mientras, la otra mano, la acaricia masturbándola. La niña parece vencida, entregada. Pero hay allí una mirada perdida, es posible que complaciente al fin, una mano laxa sobre el piso y la otra, rozando el seno de la mujer, como si no fuera una víctima sino alguien que ha disfrutado.

El pintor es Balthasar Klosowsski de Rola -Balthus- (1908-2001), polaco-francés. La obra es: “La lección de guitarra”